MARIACHI ECATEPEC

Originario de Real del Monte, en el estado de Hidalgo, Sebastián Olvera es un hombre de mirada cálida que transmite bondad y alegría, manos fuertes que alguna vez tocaron el violín y cabello cano que recuerda que el tiempo no se detiene.

A don Sebastián le tocó vivir una infancia dura, su mamá murió cuando él tenía 5 años por lo que dejó a muy temprana edad el seno paterno. Melquiades su tío en Neza le dio asilo, allí tuvo que trabajar desde muy pequeño en lo que pudiera, don Sebastián recuerda que su primer trabajo fue de «chícharo» con un peluquero; a él le tocaba barrer el cabello de los señores que entraban a que les cortaran el cabello y también preparaba la espuma para afeitar a los clientes.

Ya teniendo unos dieciocho años, el esposo de su prima le consiguió  trabajo en la «Vidriera México» en la colonia Anáhuac, sin embargo tuvo que dejar ese trabajo para cederlo a otro familiar, que en ese momento necesitaba más que él su lugar como obrero. Su vida laboral fue complicada más siempre le entraba a lo que hubiera, había que ganarse la comida.

A don Sebastián le tocó vivir una juventud dura, donde los sacrificios y las “mal-pasadas” fueron una constante, aunque no todo fue sufrimiento él así tuvo que crecer.

Todavía recuerda cuando conoció a Doña Estelita, una muchacha alegre, de ojos bonitos y cabello largo, muy talentosa en la “cantada”. A ella todas las canciones que entonaba le salían perfectas. Su amor creció rápido, como las enredaderas y juntos formaron una familia que pronto estaría integrada por ellos dos y sus tres hijos.

El tiempo seguía avanzando y cuando Don Sebastián cumplió 50 años las empresas ya no le dieron trabajo, a pesar de conocer algunos oficios como carpintería, electricidad, plomería, el de chofer.

Su familia era su prioridad y después de andar de un lugar a otro, rentando un mes por aquí, otro mes por allá, llegaron a vivir a la colonia Vista Hermosa, en Ecatepec. Para Don Sebastián y su familia las cosas se estaban dificultando. Él recuerda con nostalgia y emoción que en uno de  esos cuartos en los que rentaban había una guitarra desgastada, llena de telarañas, pero que al verla y haciendo como si platicara con ella le dijo: » tú me vas a sacar del apuro».

Tuvo que aprender el arte de la música más por necesidad que por gusto, así con  guitarra en mano no le quedó más que seguir su instinto de supervivencia para mantener a su familia, a él la música le llegó de golpe, recuerda que al inicio, cuando se subía a cantar a los camiones «no me daban dinero, porque la guitarra sonaba como bote», hueco, con un eco sin ton ni son y es que la madera de la guitarra ya era vieja y las cuerdas de mala calidad.

Así que se acercó a los compañeros a pedirles ayuda, a los que ya traían experiencia, empezó a juntarse con ellos para aprender líricamente. Afortunadamente encontró amigos que lo ayudaron a aprender, algunos de ellos habían pasado por las mismas carencias y necesidades que él y compartían lo poco o mucho que sabían de música.

La suerte le empezaba a sonreír y su afán por aprender y llevar el sustento a su esposa y tres hijos eran el motor para no desistir. Pasaron tres intensos meses de aprendizaje y es que requintear con la guitarra no es tarea fácil cuando no se conoce nada de notas musicales, sin embargo con lo que Don Sebastián ya había aprendido acompañaba y hacía arreglos a las poco más de 12 canciones  que ya tenía como repertorio, de esas melodías él recuerda la de “Toda la vida”, del cubano Osvaldo Farrés y que junto a Estelita cantaba a modo de practicar para mejorar, además de temas como “Sabor a mi”, “Historia de un amor”, “Sin un amor”, temas que a la gente le gustaba escuchar.

Fue entonces que la vida lo llevó hacia Coyotepec por el rumbo de Huehuetoca, también conoció  Teoloyucan y cantaba en los camiones que llegaban a Cuautitlán de Romero, allí se animó a entrar y pedir permiso a los encargados de bares y cantinas para poder cantar y es que don Sebastián recuerda que a la gente le gustaba que él amenizaba sus presentaciones haciendo que el público también participara cantando o bailando. Había encontrado en la música una nueva forma de vivir.

En 1989 la colonia Vista Hermosa, en Ecatepec, lo recibió y al cabo de unos meses coincide con un mariachi que también venía de Hidalgo. Al saber que no pertenecían a ningún sindicato o asociación les propuso que juntos formaran una sección que los representara para poder trabajar en las plazas públicas ofreciendo sus servicios de norteños mariachis y tríos.

Don Sebastián estaba convencido de que la música podría ser una actividad que al compartir con sus siete hermanos tendría buenos frutos, así que les propuso integrar una agrupación musical en forma. Sin embargo ellos no sabían nada de música, ni de instrumentos por lo que tuvieron que tomar cursos o talleres para aprender a tocar algún instrumento, ya fuera la guitarra, el violín, el contrabajo, el guitarrón, la vigüela, la trompeta y así integrar lo que ellos nombraron «Mariachi Real de Hidalgo».

Mientras sus hermanos perfeccionaban su estilo musical, Don Sebastián se integró con un mariachi que ya estaba conformado, hacían presentaciones en fiestas, restaurantes, iban a donde los contrataban, sin embargo no hubo acoplamiento con ellos por lo que decide iniciar con a sus hermanos su propia agrupación.

Las circunstancias lo regresarían a Mineral del Monte por una temporada, allá tuvieron la oportunidad de trabajar y adquirir experiencia en las fiestas patronales, donde la música del mariachi no podía faltar, sin embargo estaba lejos de Estelita, su esposa y de sus tres hijos: Jéssica, Carlos y Enrique. Decidió entonces que él regresaría a Ecatepec.

La música además de ser un modo de vida fue la oportunidad para Don Sebastián de promover la del mariachi en Ecatepec. Ya de vuelta a su hogar, invitó a nuevos integrantes para reactivar al «Mariachi Real de Hidalgo» con quienes tuvo que trabajar por más de tres años para conseguir acreditar al mariachi con el que trabajó por más de 15 años.

Fue entonces que se propuso como primer tarea congregar bajo su liderazgo a los músicos que se presentaban en el Kiosko de San Cristóbal.

Gracias a que esta actividad era novedosa y bien pagada en ese momento, aprovechaba para convocarlos todos los domingos para hacer presentaciones en esta emblemática plaza, donde la gente disfrutaba de escuchar «Amor eterno», «Cielo rojo», «Caminos de Michoacán»,  temas con los que nos identificamos y que demuestran que cualquier rincón es bueno para disfrutar de este género regional mexicano.

El siguiente gran paso para dignificar esta hermosa profesión consistiría en ubicar un área específica en donde los virtuosos de los acordes musicales pudieran ofrecer sus servicios de manera más formal, así caminar sobre la calle Juárez es pisar el recinto que domina el mariachi, donde lo mismo conviven panaderías, estéticas, ópticas, locales de comida y una escuela de natación que junto a las oficinas de los grupos de mariachi se han establecido, modificado o cambiado de giro a lo largo de 20 años.

La calle del mariachi se convertía en el punto obligado de referencia que hoy también cobija a agrupaciones de música norteña, marimberos y grupos versátiles.

MARIACHI ECATEPEC

Junto a su esposa Estelita, don Sebastián hoy pasa las tardes atendiendo a los clientes que buscan contratar sus servicios. Hasta hace un par de años él todavía tocaba bien el violín, hoy lo hace cada vez menos porque sus dedos se han hecho rígidos y una ligera malformación en la punta de sus dedos  ya no lo dejan tocar bien, incluso a veces las manos le duelen, sobre todo cuando hace frio.

El tiempo ha pasado, caminar por esta calle que es una de las principales en Ecatepec podría ser común, sin embargo coincidir con el personaje que hace treinta años se estableció en el número 23 de la calle Juárez para ofrecer sus servicios y hoy tras un escritorio lleno de papeles, dulces y tarjetas de presentación platica orgulloso sus recuerdos, que generosamente nos trasladan a una época donde la historia personal de un este hombre refleja que el esfuerzo, el amor por su familia y la oportunidad que vio en la música para hacer de ella una manera de vivir, resulta ser mágico.

En su día a día la música aún es el eje de sus vidas y escucharlos cantar las estrofas de una melodía llena la atmósfera de esos recuerdos que nos hacen saber que en Ecatepec, esa es la única calle llamada «la del mariachi».

Redacción
moirosasrodriguez@gmail.com

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